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Archive for 26 octubre 2011

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SINESTESIA

Era un aire suave de pausados giros;
el hada Harmonía, ritmaba sus vuelos,
e iban frases vagas y tenues suspiros
entre los sollozos y los violoncelos.

Sobre la terraza, junto a los ramajes,
diríase un trémolo de liras eolias,
cuando acariciaban los sedosos trajes
sobre el talle erguidas, las blancas magnolias.

La marquesa Eulalia, risas y desvíos
daba a un tiempo mismo para dos rivales:
el vizconde rubio de los desafíos
y el abate joven de los madrigales.

Cerca, coronado por hojas de viña,
reía en su máscara Término barbudo,
y como un efebo que fuese una niña
mostraba una Diana su mármol desnudo.

Y bajo un boscaje del amor palestra,
sobre un rico zócalo al modo de Jonia,
con un candelabro prendido en la diestra
volaba el Mercurio de Juan de Bolonia.

La orquesta perlaba sus mágicas notas;
un coro de sones alados se oía;
galantes pavanas, fugaces gavotas,
cantaban los dulces violines de Hungría.

Al oír las quejas de sus caballeros,
ríe, ríe, ríe la divina Eulalia,
pues son su tesoro las flechas de Eros,
el cinto de Cipria, la rueca de Onfalia.

¡Ay de quien sus mieles y frases recoja!
¡Ay de quien del canto de su amor se fíe!
Con sus ojos lindos y su boca roja,
la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.

Tiene azules ojos, es maligna y bella;
cuando mira, vierte viva luz extraña;
se asoma a sus húmedas pupilas de estrella
el alma del rubio cristal de Champaña.

Es noche de fiesta y el baile de trajes
ostenta su gloria de triunfos mundanos.
La divina Eulalia, vestida de encaje,
una flor destroza con sus blancas manos.

El teclado armónico de su risa fina
a la alegre música de un pájaro iguala.
Con los staccati de una bailarina
v las locas fugas de una colegiala.

¡Amoroso pájaro que trinos exhala
bajo el ala a veces ocultando el pico.
que desdenes rudos lanza bajo el ala,
bajo el ala aleve del leve abanico!

Cuando a media noche sus notas arranque
y en arpegios áureos gima Filomela,
y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque,
como blanca góndola imprima su estela,

la marquesa alegre llegará al boscaje,
boscaje que cubre la amable glorieta
donde han de estrecharla los brazos de un paje
que siendo su paje será su poeta.

Al compás de un canto de artista de Italia
que en la brisa errante la orquesta deslíe,
junto a los rivales, la divina Eulalia,
la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.

¿ Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia,
sol con corte de astros en campos de azur,
cuando los alcázares llenó de fragancia
la regia y pomposa rosa Pompadour?

¿Fue cuando la bella su falda cogía,
con dedos de ninfa, bailando el minué,
y de los compases el ritmo seguía,
sobre el tacón rojo lindo y leve el pie?

¿O cuando pastoras de floridos valles
ornaban con cintas sus albos corderos
y oían, divinas Tirsis de Versalles,
las declaraciones de sus caballeros?

¿Fue en ese buen tiempo de duques pastores,
de amantes princesas y tiernos galanes,
cuando entre sonrisas y perlas y flores
iban las casacas de los chambelanes?

¿Fué acaso en el norte o en el mediodía?
Yo el tiempo y el día y el país ignoro;
pero sé que Eulalia ríe todavía

¡y es cruel y eterna su risa de oro!

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Sonatina

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros
se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha
perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está
mudo el teclado de su clave de oro;
y en un vaso olvidado se desmaya
una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.
Parlanchina, la
dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.

La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por
el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe del Golconsa o de China,
o en el que
ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de
luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que
es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las
perlas de Ormuz?

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina,
quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir
al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con
los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón
encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago
de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los
jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte,
de Occidente las dalias
y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros,
está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,

el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien
negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón
colosal.

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
La princesa está triste. La princesa está pálida…
¡Oh visión adorada de oro, rosa y
marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
La
princesa está pálida. La princesa está triste…
más brillante que el
alba, más hermoso que abril!

¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina,
en caballo con
alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el
azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de
lejos, vencedor de la Muerte ,
a encenderte los labios con su beso de
amor!

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